lunes, 8 de junio de 2009

Mal día

Te levantas y, por alguna extraña razón, no es un buen día. Puedes haber dormido increíble, puede ser un día precioso (la definición de día precioso se la dejo a cada uno) pero hay algo en tí que te dice que hoy no es un buen día. Y no hay nada que hacer.
Quedan dos opciones, salir a vivirlo, o quedarse a sufrirlo.
Sales a vivirlo, total el mundo sigue andando aunque te quedes. Y pasan las horas, las clases, las caras... Y el día no parece mejorar. Miras a todos lados buscando algo que haga la diferencia, rogando que por favor te saquen de este día pésimo. Te esfuerzas, en serio. Llegas a tu casa con la sensación de que nada bueno pasó, que el mundo anduvo, sí, pero sin ti. Que se vaya rápido la luz para que se acabe este suplicio.
O te quedas. Total con este ánimo no le sirves a nadie. Y pasan las horas, las horas y las horas. No hay nada que hacer en este mundo que, por alguna razón, no quiere sonreirte. La única diferencia entre ahora y hace tres horas atrás es, básciamente, ninguna. Divides el día en antes y después de comida porque nada más pasa. La cama te consume, te devora, te llama todo el tiempo. Las plantas de tus pies no entienden nada ¿No deberíamos estar soportando el peso hace mucho rato? No es que se quejen, solo no entienden. Que se vaya rápido la luz para que se acabe este suplicio.
Menos mal que, tarde o temprano, la luz se va. Cierras los ojos sin ganas, sin cansancio, sin sueño. Menos mal que los días malos duran 24 horas (lamentablemente igual que los buenos). Y mañana será otro día... ¡Y ojalá uno de los mejores!

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