domingo, 20 de enero de 2008

Santiago en más de 100 palabras

Nota previa a la lectura: esto fue escrito hace más de un año...cuando había micros

“No es perfecta pero se acerca a lo que yo simplemente soñé...”
En verda nunca lo soñé y si alguna vez lo hubiese hecho, estoy segura de que no hubiera sido así...
Santiago, por el Santo Patrono, lo llamaron los conquistadores que la fundaron como un punto estratégico por su peculiar geografía, no solo está a los pies de la cordillera de Los Andes, sino que es parte de ella, los cerros la definen, la describen, la dibujan... la ciudad no es más que variados cerros y los pequeños valles formados entre ellos.
Cualquiera se burlaría de mi si supiese quien soy, porque no tengo ningún argumento lo suficientemente fuerte para afirmar que Santiago es una ciudad “amable” (y cuando digo amable me refiero a que es fácil enamorarse de ella, no a su “forma de ser”) puesto que no la conozco del todo (es más, la desconozco casi por completo)
Hace unos días, un precioso atardecer me encontró caminando por Padre Hurtado. Mientras comparábamos películas y sueños (más bien, las asemejábamos) noté un especial degradé en el cielo, subiendo desde el horizonte oeste en un naranjo brillante poblado de nubes que formaban un paisaje medio Western, cambiando drásticamente a un celeste pálido hasta esconderse tras la cordillera con rostro de nubes cargadas de bendiciones (¿lluvia trae bendiciones?...cliché) Las hojas de los árboles sacaron todo su verdor, haciéndose ver limpias, brillantes, elegantemente hermosas. Se respiraba un aire (como siempre) contaminado, pero a la vez puro y frío el que el aire está frió siempre me da la sensación de que está puro también.
Después de dejar pasar algunas micros, dudosas del destino que tenían, nos subimos a una diferente, más chica, con una máquina que sin preguntar ni quejarse de anda, nos cobró escolar. Nos bajamos y caminamos saliendo de la Gran Vitacura hacia una calle más pequeña, pero no menos deslumbrante. En ese momento pensé, si se pusiera a llover, no me importaría, nada me arruinaría el éxtasis de ver a Santiago vestida (o vestido no sé) de gala.
Caminar siempre me ha hecho sentir libre y ese día lo sentí con más fuerza. Iba por ahí, con uniforme, caminando por la vereda por donde quizás cuánta gente ha caminado, pero estoy segura de que nadie lo disfrutó como yo. El intenso verde de las hojas era inexplicable, tendrían que haberlo visto para entender.
“Nada podría sacarme de este momento, ni la lluvia, es más, que lloviera lo haría todo más natural, casi nativo” En eso estaba pensando cuando sonaron los bosinazos que nos avisaban que nos teníamos que subir al auto.
Fue como si me hubiesen encadenado, como si me hubiesen despertado de un sueño perfecto y obligado a reintegrarme a la realidad... la verdad es que eso pasó, me trajeron de vuelta a la realidad... un par de bosinazos...
...DIOS, ODIO LAS BOSINAS...

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